«San Martín, Miguel Ángel y Galileo Galilei» Por Vidal Mario

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 ¿Qué coincidencias puede encontrar un historiador entre el Archivo General de la Nación, el archivo de la Royal Society de Inglaterra, y el archivo del Vaticano?. 

Que en los mismos puede tropezarse con cartas y documentos (algunos de ellos descubiertos siglos después de escritos), que sorprenden por su contenido. 

De los centenares de casos, citaré tres: 

Dos cartas donde San Martín apoya el establecimiento de una dictadura en la Argentina, una carta de Miguel Ángel reclamando el pago de dinero adeudado a sus trabajadores, y un escrito de Galileo Galilei donde se autocensura para mejorar su comprometida situación ante el Tribunal de la Inquisición. 

San Martín 

Desde Francia, el general San Martín se quejaba del caos imperante en la Argentina. 

Entonces, el 1 de febrero de 1834 escribió lo siguiente a su amigo Tomás Guido: 

“¡Maldita sea la libertad!. No será el hijo de mi madre el que vaya a gozar de sus beneficios hasta que no vea establecido un gobierno que los demagogos llaman tirano y que me proteja contra los supuestos bienes que me brinda la actual libertad”. 

En claro apoyo a las pretensiones de Juan Manuel de Rosas de alzarse por segunda vez con la gobernación de Buenos Aires, en esa misma carta añadió: 

“El hombre que establezca el orden en nuestra patria, sean cuales fueran los medios que para ello emplee, es el sólo que merecerá el noble título de Libertador”.

Su otro mensaje está fechado el 17 de diciembre de 1835, cuando el “Restaurador de las Leyes” ya transitaba por el noveno mes de su segundo mandato. 

En éste, manifestó:

“Yo no encuentro otro arbitrio para cortar los males que por tanto tiempo han afligido a nuestra desgraciada patria que el establecimiento de un gobierno fuerte. Más claro: absoluto. Que enseñe a nuestros compatriotas a obedecer”. 

Y terminó con esta lapidaria frase: 

“Estoy convencido que cuando los hombres no quieren obedecer a la ley no hay otro arbitrio que el de la fuerza”. 

Miguel Ángel 

El archivo del Vaticano a su vez ofrece tesoros tales como una nota escrita por Miguel Ángel en enero de 1550, mientras construía la cúpula de la Basílica de San Pedro. 

El Papa estaba enfermo, los trabajos se habían suspendido y el gran artista suplicó a un obispo el pago de tres meses de salario que le reclamaban sus trabajadores. 

“Se lo ruego, Su ilustrísima, por el amor de Pedro. Su Servidor, Miguel Ángel”, suplicó. 

Encontraron éste papel hace apenas unas décadas. No se entiende cómo una carta manuscrita de un artista tan famoso pudo haberse perdido por tanto tiempo. 

Pero hay un culpable de ello: Napoleón.

En 1808, el mismo estaba posicionado con su ejército al norte de Italia, y desde allí exigió al papa Pío VII que le entregara a Francia los Estados Pontificios. 

La respuesta papal fue excomulgar al francés. Éste, en represalia, ordenó el arresto de Pío VII. Luego, para afianzar su poderío sobre el papado Napoleón dispuso que el Papa y los archivos del Vaticano fuesen llevados a Francia.

El pontífice y los archivos estuvieron encerrados durante casi cinco años. Tras la caída del imperio napoleónico en 1815, Pío VII quedó en libertad y regresó a Roma. Pero el costo del transporte de los archivos de vuelta a casa era muy alto. 

El cardenal a cargo de recuperar los papeles debió quemar muchos de ellos, y otros miles se vendieron a mercaderes parisinos que los usaron para envolver pan y pescado. 

Afortunadamente, esa carta de Miguel Ángel estaba entre los escritos que pudieron regresar a Roma.

 Galileo Galilei 

Nuestro tercer y último documento (que ilustra estas líneas) obra en poder de los archivos de la Royal Society, Inglaterra. Es un texto escrito por Galileo Galilei en 1613. 

En el mismo el científico criticó dogmas de la Iglesia y dijo, por ejemplo, que “si uno usa el significado literal de las palabras, ciertas proposiciones de la Biblia son falsas”. 

Acusado de herejía, negó haber sido el autor del escrito. Aunque llevaba su firma, lo atribuyó a sus “adversarios”. 

Veinte años después, estalló la célebre y recordada batalla entre el astrónomo y la Inquisición, que fue en realidad una batalla entre la ciencia y la religión. 

La acusación eclesiástica puede resumirse en éstas palabras de un clérigo florentino:

“Pequeño hombre, Galileo, ¿qué crees ver en el cielo?. ¿Qué insensata soberbia te mueve a subvertir la autoridad del Libro de Dios?. ¿Con qué orgullo seduces las mentes?. Tu matemática es un arte diabólico contra los profetas. Con Galilei la herejía ha llegado a Florencia, y nosotros los dominicos, humildes siervos llamados perros blancos y negros, guardianes del templo contra el diablo, damos la alarma y decimos públicamente para que todos oigan: quien crea que el sol está en el centro y la tierra se mueve está contra las Escrituras y es un hereje”. 

El 8 de abril de 1633 comenzó el juicio contra él. Pese a que el científico ya era un anciano de 68 años el Tribunal de la Inquisición fijó su disposición de “someter a tortura al acusado para que reciba ayuda, confiese y se arrepienta”. 

Para salvar su vida, Galileo tuvo que abjurar de sus creencias, teorías y enseñanzas. 

En la penúltima sesión del soberano Tribunal de la Inquisición, se leyó éste fallo:

“Por la misericordia de Dios y de la Santa Iglesia, cardenales, inquisidores generales para la herejía, siendo tú, Galileo, culpable de escribir un libro sobre Copérnico contra la orden que se te dio, te declaramos sospechoso de herejía en gran medida. Pero puedes ser absuelto si con corazón sincero y fe verdadera ante nosotros abjuras y maldices los errores y herejías como te diremos. Y para que éste pernicioso error no quede impune y para que los demás se abstengan de tal delito ordenamos que se prohíba el libro Diálogos de Galilei. Te condenamos a prisión formal a nuestro arbitrio, a penitencias y oración, reservándonos el derecho de moderar o cambiar la mencionada pena”. 

En la última sesión, el hombre de ciencia tuvo que ponerse de rodillas para leer lo siguiente:

“Yo, Galileo, hijo de Vincenzo Galilei, arrodillado frente a vosotros, reverendos cardenales e inquisidores generales y con la mano derecha en el Sagrado Evangelio, con humildad juro que en el pasado siempre creí, creo y creeré siempre lo que predica e impone la iglesia católica, apostólica y romana. Soy gravemente sospechoso de herejía por decir que el sol está en el centro del universo y no se mueve y que la tierra no está en el centro y se mueve. Pero queriendo borrar de la mente de sus eminencias esta terrible sospecha, frente a vosotros abjuro y reniego de los mencionados errores y herejías”. 

Así, abjurando de algo del cual estaba plenamente convencido, Galileo se salvó del fuego. 

Urbano VII lo condenó a arresto domiciliario, y así se pasó el resto de su vida hasta que murió en 1642, a los 77 años. 

                                                             *(Escritor-Historiador)

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