¿Qué pasó en el Chaco durante la última dictadura? Por Vidal Mario

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A pedido de alguien y “dedicado a las jóvenes generaciones que no vivieron ese horror”, Martha Bardaro, integrante de la Cátedra Libre de Derechos Humanos “Carlos Alberto Zamudio” publicó en el diario Norte una columna titulada “¿Qué pasó en el Chaco durante la última dictadura?”.

Algunos que ya llevamos algunos años encima y nos dedicamos al estudio imparcial de la historia tenemos la obligación de corregir, precisar y añadir cosas que no se cuentan en artículos ideológicamente interesados como el citado.

Cuándo comenzó todo

Martha Bardaro sostiene que “todo comenzó el 24 de marzo de 1976”. En realidad todo comenzó el 7 de agosto de 1960.

Comenzó cuando en su mansión de Puerta de Hierro, Perón amenazó: “Quilombificaré de tal manera la Argentina que cuando les entre la desesperación me tendrán que buscar”.

Con esa frase comenzó el “Luche y Vuelve”. Y menos de diez años después la Argentina ya era un aguantadero de trece organizaciones terroristas.

Cada uno de estos grupos era dueño de vidas y haciendas, y decidía quién vivía y quién moría en la Argentina.

Entre los años 1969 a 1973, siempre con el objetivo de que Perón pudiera volver al país, hubo 554 asesinatos y su llegada a Ezeiza en lugar de ser una fiesta fue una masacre.

En ese mismo período, las organizaciones subversivas enloquecieron a los argentinos con  59 tomas de comisarías, universidades y pueblos enteros, 24 disturbios con incendios de automóviles y comercios, 19 secuestros que le reportaron a los guerrilleros millones de dólares, 26 operativos de robos de armamentos, y 42 atentados con explosivos.

Apoyo de la Iglesia

“El golpe militar fue apoyado por Mariano Grondona, Bernardo Neustadt, la revista Gente y los diarios La Nación y Clarín” apunta la autora de la nota.

Debería haber añadido que el 26 de noviembre de 1977 la Universidad del Salvador que dependía del arzobispo de Buenos Aires, hoy papa Francisco, le entregó al dictador Eduardo Emilio Massera el título de “Doctor Honoris Causa”.

Si ese título no era un respaldo de Bergoglio al régimen militar, alguien debería explicar qué era entonces.

La articulista recuerda que el general Videla era un devoto practicante católico y que “por eso algunos ven a la Iglesia como cómplice” de la dictadura militar.

La verdad fue que una parte de los ministros de la Iglesia pactó y convivió con la subversión (el ejército Montonero hasta “capellán” tenía) y otra parte pactó y convivió con los militares.

Doctrina de la Seguridad Nacional

La firmante de la nota sugiere que la Doctrina de la Seguridad Nacional fue creada por la Junta Militar que tomó el poder en 1976. En rigor, lo que hizo fue adoptar una fórmula de combate al marxismo que ya tenía veintiún años de vigencia.

Estando en Varsovia en abril de 1955, Nikita Kruschev, hablando ante el Congreso del Partido Comunista polaco, dijo:

“Tenemos que darnos cuenta de que el mundo comunista y occidente no pueden coexistir eternamente o durante largo tiempo. Uno de los dos mundos tiene que ser sepultado. Nosotros no queremos ser sepultados, ellos tampoco. En consecuencia, ¿qué puede hacerse?. Tenemos que empujarlos a ellos a la sepultura”.

Fue en respuesta a esa amenaza que Estados Unidos lanzó la denominada Doctrina de la Seguridad Nacional, que comenzó a aplicarse en varios países del continente se profundizó en 1959 con la aparición de Castro y su lucha por la “liberación”.

Ese es otro tema. Jamás hubo un enemigo visible. Jamás se explicó al pueblo de qué tenía que ser liberado.

La Teoría de los Dos Demonios

Refiriéndose a la “Teoría de los Dos Demonios”, la autora asegura igualmente que en materia de poderío y de armamentos frente al gobierno militar las organizaciones subversivas no estaban en condiciones de igualdad.

Afirma que lo de la igualdad de fuerzas entre ambos contendientes “es una mentira burda que fue aceptada por muchos y que hasta hoy algunos intentan revitalizar”.

Las nuevas generaciones deben saberlo: los terroristas también contaban con un ejército que era tan temible, brutal y sin códigos como su adversario.

Montoneros, por ejemplo, era una organización multimillonaria gracias a los 150 millones de dólares que había recaudado mediante su industria del secuestro.

Tenía nueve fábricas de armas y explosivos, una de las cuales llevaba el nombre de un fundador de la “orga”, José Sabino Navarro, muerto por los militares en 1971.

En marzo de 1976, Montoneros estaba constituido por estas unidades de combate:

Pelotón de Combate “Graciela Martínez”, Sección de Combate “Arturo Lewinger”, Pelotón de Combate “Sergio Paz Berlín”, Pelotón de Combate “Norma Arrostito”, Pelotón de Combate “Jorge Lizaso”, Pelotón de las Milicias Montoneras “Enrique de Pedro”, Pelotón Especial “Eva Perón” del Ejército Montonero y Pelotón de Combate “Juan Carlos Irustia”, entre otras milicias.

Estadísticas de la propia organización indicaron que entre 1976 a 1977 Montoneros produjo unos mil atentados que cosecharon alrededor de quinientos muertos.

Asesinaban a militares, policías, empresarios, gerentes de empresas, gerentes de bancos, dirigentes sindicales y hasta a agentes de seguridad de firmas comerciales.

Incluso mataban a su propia gente, por traición o por violar algún punto del “código de justicia militar”.

Las consignas que Montoneros difundía no dejaban dudas acerca de su predisposición al combate y de su decisión de enfrentar de igual a igual a los militares.

En un parte de guerra fechado el 21 de abril de 1976 proclamó desde la clandestinidad: “Contra el ejército gorila el Ejército Montonero desarrolla su Tercer Campaña Militar. ¡Perón o Muerte!. Venceremos. Ejército Montonero”.

Rodolfo Walsh

En otro tramo de su escrito, Martha Bardaro recuerda la muerte de Rodolfo Walsh, “periodista, escritor y militante de la izquierda a quien mataron después que enviara una carta abierta a la Junta al cumplirse un año de gobierno”.

La verdad es que Rodolfo Walsh murió en su ley, porque era tan asesino como los que lo mataron. Fue el creador del Ejército Nacional Revolucionario (ENR), el que luego se alió a Montoneros y que en abril de 1969 ultimó al sindicalista Augusto Timoteo Vandor.

El 26 de julio de 1976, cuatro meses después del golpe, Montoneros logró meter una bomba en el comedor de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal. Murieron en el acto 23 policías y 65 quedaron heridos, doce de ellos mutilados para siempre.

El encargado de dejar la bomba debajo de una mesa fue uno al que habían dado de baja de la fuerza. Su nombre era José María Salgado, captado por Montoneros.

Quienes le entregaron el artefacto letal fueron “Esteban”, es decir, Rodolfo Walsh, y Marcelo Kurlatt (“Monra”), jefe de la Secretaría Militar de Montoneros.

La hija mayor de Walsh, María Victoria, cuyo nombre de guerra era “Hilda”, también murió en su ley.

El 29 de septiembre de 1976, se encaramó en el techo de una casa, acorralada por una patrulla militar.

Dejó su metralleta Halcón a un lado, gritó “¡ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir!”, y se pegó un tiro en la sien.

¿30.000 desaparecidos?

Más adelante, la firmante del referido artículo insiste con el mito de “los 30.000 desaparecidos”, cifra que de tanto proclamarse se convirtió en dogma de fe.

El primero en lanzar dicha cifra fue Horacio Mendizábal, comandante de Montoneros (nombre de guerra “Hernán”) en una carta enviada al Papa el 18 de julio de 1978.

Lo de los 30.000 fue reiterado hasta el hartazgo por gente como Hebe de Bonafini, una que cobró 480.000 dólares por dos hijos dados por desaparecidos.

La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), inventariando las desapariciones denunciadas y acopiando siete mil archivos en cincuenta mil páginas, en 1984 estableció que los desaparecidos eran 8.961.

En el 2006, un documento del gobierno de Kirchner registró 7.000 desaparecidos; 23.000 menos que lo que algunos siguen lanzando hasta hoy.

Quienes piden “memoria, verdad y justicia” deberían entender que la memoria incompleta no es memoria.

Finalmente, se supone que lo relatado por Martha Bardaro y lo que recuerdo aquí nunca no debieron haber ocurrido en éste país tan repleto de cristianos.

Vidal Mario *** PERIODISTA-HISTORIADOR

 

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