«Los 83 años del asesinato de Federico García Lorca»

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  Vidal Mario*

  Hoy se cumplen 83 años del absurdo asesinato, en un descampado de Granada, de Federico García Lorca.

Era un poeta y dramaturgo español con modales de señorito de alta alcurnia.

En el fondo, no era así. En realidad era alguien que para su época era amoral y subversivo.

En el 2011, en ocasión de mi primer viaje a España y gracias al coordinador de la Casa-Museo “Federico García Lorca”, Francisco Paco Vaquero, comencé a interiorizarme en profundidad de la historia de éste poeta.

En el 2015 publiqué “El maleficio de la mariposa”, donde hablé de su vida y de su obra.

En noviembre de ese año, en Valderrubio, acompañado del poeta Julio Enrique y del dramaturgo José María Cotarelo Asturias, leí párrafos de ese libro.

Me ubicaron frente a uno de los pianos que Federico usaba allí, en el Cortijo de Daimuz.

 Muerte y misterios

 Federico era inocente como un ángel que solamente se dedicaba al teatro y la poesía. Es por que hasta hoy no se sabe a ciencia cierta por qué cayó del cielo, por qué lo mataron.

Varias hipótesis se tejieron sobre las razones de su penoso fin a manos de fanáticos franquistas.

Algunos comentaron que lo fusilaron por su reconocida fama de homosexual.

Otros dijeron que fue porque en febrero de ese mismo año 1936 apoyó al Frente Popular.

Se dijo también que fue debido a su obra “La Casa de Bernarda Alba”, concebida por el poeta como una venganza literaria contra las familias Roldán y Alba.

Tal vez su muerte haya obedecido simplemente a que como los tiranos, los dictadores y los fanáticos les tienen miedo a la inteligencia buscan eliminar a los inteligentes.

Posiblemente su sacrificio se haya debido simplemente a que a algunos les conviene eliminar a los hombres inteligentes, porque son un peligro para ellos.

 La última noche

 Tras su detención, ni siquiera un juicio sumario se le hizo, lo cual era comprensible.

¿De dónde iban a sacar las imputaciones?. ¿De Yerma?, ¿de Doña Rosita, la soltera?, ¿de La Casa de Bernarda Alba?, ¿de Mariana Pineda, o de Oda a Walt Whitman?.

De la casa de los Rosales, donde lo detuvieron, condujeron al juglar directamente a la Guardia Civil.

Allí se movían como peces en el agua varios campeones de asesinatos, todos de sombría fama y compitiendo a ver quién tenía más rayas en las culatas de sus pistolas.

De la Guardia Civil lo llevaron a una antigua escuela denominada La Colonia, camino a Viznar. En ese lugar pasó la última noche de su corta vida.

Era ya madrugada del 19 de agosto de 1936 cuando lo subieron a un camión.

Entre otros, sus compañeros de infortunio eran un profesor universitario, un antiguo banderillero cojo apodado Galadí, y el único pastor protestante de Granada.

El camión que llevaba a la muerte a Federico era como una de esas carretas de la Francia de los días del Terror que transportaban condenados a la guillotina.

Tal vez iría bebiendo por última vez y con ojos bien abiertos las hermosas calles, los edificios, los árboles, las plazas y los cafés de su amada ciudad a esas horas desierta.

Cuentan que horas antes, hundido en su tragedia y en su miedo, no había podido recordar el Padrenuestro ante el sacerdote que a su pedido fue a consolarlo.

¿Iría recitando ahora, camino a su destino final, esa oración fundamental o alguna otra?.

O tal vez iría despidiéndose de sus padres, hermanos, amigos y de amores ocultos a quienes presentía que ya no vería más.

Tiempo después, cuando la tragedia ya se había consumado, María Teresa León, esposa de Rafael Alberti, le diría a su amiga Magdalena Santiago: “Lo que más me horroriza, Magda, es pensar en el miedo que habrá sentido Federico”.

Aunque posiblemente en esos últimos minutos de su vida Federico no haya tenido tiempo de sentir miedo. Quién sabe si más bien no iría pensando que todo aquello era sólo una pesadilla y que pronto despertaría para volver a ser feliz.

 Disparos en la madrugada

 La negra carretera que el camión de la muerte iba abriendo con sus luces para él no era un camino más. Era una carretera que el condenado bien conocía.

Ese camino tan familiar ahora iba mostrándole por última vez los campos de su niñez, los paisajes íntimos de las serranías y los pueblos de la Vega y Sierra Elvira.

No podía ver a sus no menos amados pueblitos Fuentevaqueros y Valderrubio porque estaban escondidos al otro lado de una línea oscura y blanda de chopos.

En Viznar, el camión llegó a un lugar donde se perfilaba un barranco rodeado de olivares. Los bajaron y alinearon en un cauce seco donde había una vieja fuente.

Era costumbre entregar a cada condenado un azadón para que cavaran sus propias tumbas, y apenas concluida la torturante tarea sonaban las descargas.

Otras veces obligaban a las víctimas a correr para así ejercitar sus punterías disparando a las nucas. Dicen que en éste caso no ocurrió ni lo uno ni lo otro.

Simplemente los fusilaron. Tras el crepitar de los fusiles y de las pistolas los verdugos ataron piedras en la cabeza de cada muerto y los arrojaron a pozos poco profundos.

Por eso en ese trágico paraje había tantos agujeros de agua: en realidad eran tumbas.

En uno de esos agujeros está y estará por los siglos de los siglos quien tanta poesía diera a su pueblo.

                                                                 *(Escritor)

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