«Las historias nunca contadas sobre el italiano Manuel Roseo»

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  Por Vidal Mario ***

Se cumplen nueve años, éste 13 de enero, del asesinato de uno de los supuestos dueños de la estancia “La Fidelidad”.

En los catastros provinciales los hermanos Manuel y Luís Roseo figuraban como propietarios de ese inmenso campo que abarcaba a las provincias de Chaco y Formosa.

Pero, ¿fue realmente esos italianos los dueños de tan inmensa extensión de tierra?.

¿O debiera ser creíble la sospecha de que el dinero con que en 1972 compraron dicha propiedad al grupo económico Bunge&Born fue provisto por el Vaticano, y ellos sólo eran testaferros?.

La Iglesia posee inmuebles diseminados por todos los continentes, aunque ninguna de estas propiedades está directamente escriturada a nombre de la misma.

Pero todos esos bienes están anotados en la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, como se denomina la oficina que administra las propiedades inmobiliarias y financieras que el Vaticano tiene por todo el mundo.

Hasta hace unos días la misma estaba a cargo del obispo Gustavo Zanchetta, quien ahora está siendo investigado por un caso de abuso sexual que en julio de 2017 lo obligó a renunciar a su cargo de obispo de Orán, Salta.

Volviendo a los hermanos Manuel y Luís Roseo, éstos eran en Italia sólo humildes granjeros.

De modo que es un misterio cómo vinieron a la Argentina no como simples inmigrantes sino como adinerados capaces de montar fábricas textiles y hasta de comprar 248.000 hectáreas de campo.

Parece que, hasta el momento, la historia no ha dicho toda la verdad sobre éste caso.

El comienzo de la historia

Toda esta historia comenzó en las Villas Pontificias de Castel Gandolfo, pequeña localidad ubicada a unos 18 kilómetros de Roma, a orillas del lago Albano.

Allí nacieron Manuel y Luís Roseo, quienes trabajaban en las granjas donde se producían los alimentos naturales que consumía el personal del Vaticano.

En esa villa sólo trabajaban personas de absoluta confianza del Vaticano. La madre de ambos era una de esas personas. Como lo mandaba la tradición, había heredado ese trabajo de sus antepasados.

En la década del 50 vinieron a la Argentina con fondos proveídos por el Vaticano.

Instalaron una fábrica hilandera en Villa Martelli, Buenos Aires, pero quebraron.

Fueron a La Rioja e instalaron otra hilandería más grande que la anterior, pero también quebraron.

A comienzo de los años 70 vivían en el sexto piso de un departamento ubicado en Arcos 2070, Belgrano, Buenos Aires.

Allí estaban cuando el 29 de marzo de 1972 le compraron a Bunge y Born “Explotaciones y Campos del Río Bermejo S.A”, conocida también como “Estancia Jorge Born”, pero que luego pasó a llamarse Estancia “La Fidelidad”.

Era un desierto casi impenetrable que Bunge y Born había comprado el 26 de julio de 1913 en la suma de $681.810.

Ahora lo vendían a dos ex granjeros de Castel Gandolfo por $372.259,25, según quedó anotado en los registros de la Escribanía Héctor Serra, de Resistencia.

Empieza “La Fidelidad”

Los italianos se instalaron en el casco abandonado que estaba en el lado chaqueño, de 148.000 hectáreas, y empezó a tomar forma la Estancia “La Fidelidad”.

El 3 de enero de 1978, después el 4 de noviembre de 1981, sacaron préstamos del Banco Nación por un total de $684.855,20, y compraron casi 4.000 cabezas de ganado a la Estancia “La Leonor” de la localidad de Presidencia Roca.

Entre ellas había 500 vaquillonas y 1.000 vacas media sangre de la raza cebú Bradfor Brangus.

Así como antes no habían tenido la menor idea de lo que es la actividad hilandera, los Roseo tampoco tenían idea de lo que es la producción agropecuaria.

Tiraron todos los animales en un espacio de 45 kilómetros de largo por 32 kilómetros de ancho.

No había alambrados, ni postes, ni piquetes. En ese campo inhóspito con el tiempo las crías se convirtieron en vacas salvajes y se desparramaron por todo el territorio.

Toda la comarca se convirtió en un paraíso para gente experta en cazar ganado ajeno. Se estima que en cinco años los cuatreros robaron entre 3 a 4 mil vacunos.

Extrañamente, las estancias de la vecindad tenían la misma raza de vaca que él.

Lo irónico fue que ya en los años 90 el propio Manuel Roseo también se volvió cazador de sus propias vacas porque como no tenía para vivir se cuatrereaba a sí mismo. Él no podía disponer de esas vacas porque estaban prendadas.

Comienza la batalla judicial

Como jamás se habían pagado aquellos créditos, en abril de 1992 con el patrocinio de los abogados Aníbal Faría Solimano, Ricardo Francia y Guillermo Gómez de la Fuente, el Banco Nación promovió ante el Juzgado Federal de Resistencia una acción de ejecución prendaria para recuperar lo prestado.

Lo hicieron a través del expediente 438/92, y la ejecución prendaria era de $684.855,20, más costas, intereses compensatorios y punitorios por igual monto.

Manuel Roseo (su hermano Luís ya había muerto, en 1983) peticionó a la justicia a través del abogado Julio Bazán el levantamiento del embargo que pesaba sobre 3.670 cabezas, entre vacas y vaquillonas. Pero la respuesta fue negativa.

Desesperado y como única manera de pagar la deuda, Roseo intentó vender 100.000 hectáreas del lado formoseño. Confió la venta a la inmobiliaria Madero-Amuchástegui-Lanús de Buenos Aires, que publicó avisos en el diario “La Nación” los días 21 de mayo de 1997 y 24 de junio de ese mismo año.

Aunque sólo se pedía 100 dólares la hectárea, la venta fracasó por falta de interesados.

Tiempo después, un perito agrónomo y varios oficiales de justicia llegaron al lugar para secuestrar las vacas prendadas, pero solamente encontraron cincuenta. El resto o estaba diseminado por el campo o directamente ya no existía.

Manuel Roseo les dijo que con suerte encontrarían 130 cabezas, menos del diez por ciento de lo prendado.

Los oficiales de justicia procedieron entonces a trabar embargo “sobre todo el lado chaqueño del campo conocido como “La Fidelidad”, consistente en 148.903 hectáreas.

Cuando ya había fecha de remate sobre la propiedad, Manuel Roseo encontró apoyo en Gustavo Rousselot, compadre del entonces presidente Menem.

Rousselot lo conectó con el gerente general del Banco Nación, Pedro Juan Anich. Éste era chaqueño, en los años 70 había sido gerente de la sucursal Castelli del Banco Nación y había sido el que le dio el crédito para comprar las vacas.

Un estanciero indigente

Manuel Roseo, que debía viajar a Buenos Aires para plantear su situación, no tenía ni para el pasaje.

Gustavo Rousselot, quien en los años 70 había sido director de Turismo de la Provincia y director de la Casa del Chaco en Buenos Aires, le costeó el billete.

En colectivos de “Águila Dorada” tres veces viajaron a Buenos Aires, alojándose en los hoteles “República” y el “Litoral”, éste último de la Chacarita.

Además de muy tímido, Roseo tenía un aspecto deprimente. No tenía ropa ni zapatos para tan importantes entrevistas. Parecía más un mendigo que dueño de un campo de 250.000 hectáreas.

Un escrito sobre su persona lo describió así: “Sin ser médico nos damos cuenta que su salud es muy precaria. Su alimentación por lo que vimos es deficiente. Ya no trabaja como hace dos años, ahora se dedica a armar un aserradero sin mucho esfuerzo. Duerme poco y mal. Comparte habitación y relaciones con una criolla viuda de 50 años en una casa-rancho húmedo e insalubre. Su hermano Luís falleció de problemas cardiovasculares posiblemente producido por stress y dificultades imposibles de solucionar, entre ellas cuatrerismo e inundaciones. Don Manuel ya es esquizofrénico. No sabe qué hacer y lo que hace lo hace mal y se hunde más. Fuma mucho. No sabe lo que ocurre en su propiedad, y les tiene mucho miedo a los cuatreros”.

La primera vez que se presentó en el Banco Nación de Buenos Aires lo hizo con un overol sucio y grasiento y la cabeza cubierta con un gorro de lana con pompón y los colores de Boca Juniors.

Los datos sobre la estancia los tenía en una libreta negra de almacén, con tapa de hule.

Pese a todo ello, sorprendentemente, el ministro del Interior, Carlos Corach; el presidente del Banco Nación, Roque Maccarone y el mismísimo Menem se interesaron en su caso.

Logró lo imposible: una quita del noventa por ciento de la deuda, un período de gracia de dieciocho meses para empezar a pagar el diez por ciento restante, y la refinanciación de ese diez por ciento en una generosa cantidad de años.

Un decreto del presidente Carlos Saúl Menem firmado en octubre de 1998 lisa y llanamente le perdonó a Manuel Roseo una deuda de 5 millones de dólares.

Teniendo en cuenta que más de dos docenas de pequeños agricultores chaqueños se suicidaron a lo largo de la década del 90 porque el Banco Nación les remató sus chacras y herramientas, ese decreto era absolutamente injusto, fuera de toda justicia, y debió haber sido declarado nulo.

Con éste desenlace tuvo mucho que ver el presidente del Banco Nación, Roque Maccarone.

Éste era un “hombre del Vaticano” y hermano de Juan Carlos Maccarone, que en el 2005 renunció como obispo de Santiago del Estero “por actos reñidos con la moral católica”.

Tal vez el que más ganó con toda esta historia fue un abogado que muchos años años después sería diputado y gobernador del Chaco: Juan Carlos Bacilef Ivanof.

Como pago por sus servicios jurídicos a Roseo, se quedó con más de 14.000 hectáreas de campo.

***PERIODISTA-HISTORIADOR

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