La Iglesia y los movimientos independentistas

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Por Vidal Mario   

Hoy comienza la Semana de Mayo. La circunstancia es propicia para recordar al cura uruguayo Soriano y su rara manera de adherirse a la Revolución.

En el libro de defunciones de su parroquia, donde anotaba las muertes de los vecinos, escribió:

“El día 25 de este mes de mayo expiró en esta provincia del Río de la Plata la tiránica jurisdicción de los virreyes, la dominación déspota de la Península Española y el escandaloso influjo de todos los españoles”.

El gesto del párroco conduce a otra historia que algunos preferirían no sea recordada: los religiosos que apoyaban los movimientos independentistas lo hacían a título personal.

La Iglesia, como institución, se oponía férreamente.

Desde los viejos tiempos de la conquista, ella era la socia política y comercial por excelencia de España. Esa era la razón por la cual desde el Papa para abajo a la jerarquía eclesiástica le repugnaba todo cuanto oliera a rebelión emancipadora.

Ya en 1781 había celebrado con alegría la caída del líder inca Túpac Amaru, quien después fue ejecutado de la manera más cruel, junto con toda su familia.

Sobre ese episodio ocurrido en el Perú el 24 de abril de 1781 el obispado de Buenos Aires emitió este comunicado:

“Recibimos noticias fijas y ciertas que fue derrotado y preso el traidor José Gabriel Túpac Amaru con su mujer, hijos, hermanos y demás secuaces que le acompañaban e influían a negar la debida obediencia a Dios y a nuestro Católico Monarca.

¿Qué vasallo fiel, verdadero y leal no se alegrará en el arresto de éste rebelde?. ¿Qué español verdadero no concibe en su pecho una excesiva alegría por noticia tan plausible?. ¿Qué cristiano no se empeñará en tributar a Dios los más rendidos obsequios por habernos concedido un beneficio tan grande?.

Si, amados hijos: éste suceso es digno de todos nuestros votos y de las más fervientes oraciones. El amor que debemos al Rey y a la Religión que profesamos exige que exhalemos nuestros corazones en alabanzas y cánticos de alegría.

Exhortamos a todos nuestros súbditos a perseverar en la obediencia de nuestro Católico Monarca y en el respeto que se debe a toldos sus virreyes, sus gobernadores y sus ministros, cumpliendo así con el precepto del apóstol Pablo que nos intima que toda alma esté sujeta a las superiores potestades.

Dada en nuestro palacio episcopal, firmada de nuestra mano y refrendada por nuestro secretario a 24 de abril de 1781”.

Miranda, “enemigo de Dios”

En Venezuela, uno de los primeros y más célebres revolucionarios fue Francisco de Miranda. No es de extgrañar, por ello, que en 1806 la Inquisición de Cartagena lo declarara “enemigo de Dios y del rey, indigno de recibir pan, fuego y asilo”.

En Argentina, obispos como Lué, de Buenos Aires, Orellana, de Córdoba, y Videla, de Salta, rechazaron la Primera Junta constituida el 25 de mayo de 1810.

El obispo Lué murió dos años después “en circunstancias no debidamente aclaradas”, como se diría ahora. El obispo Orellana estuvo a punto de ser fusilado en Córdoba junto con Liniers y otros. No lo pusieron en el paredón en atención a su investidura sacerdotal. El obispo Videla, en Salta, fue procesado y destituido.

En Venezuela cuentan esta historia: el jueves santo, 26 de marzo de 1812, un terrible terremoto destruyó Caracas y a otras ciudades, matando a unas veinte mil personas.

Toda una división de tropas patriotas estacionada en Barquisimeto murió al instante.

Los soldados patriotas de otras ciudades sobrevivieron pero perdieron todas sus armas y municiones.

Como el cataclismo sobrevino un jueves santo y justo en el aniversario del primer gobierno patrio venezolano, la Iglesia proclamó que lo ocurrido había sido un castigo del cielo porque se había osado desconocer la soberanía de España.

El propio papa Pío VII, en una encíclica denominada Ets Longíssimo del 30 de enero de 1816, dirigida al clero americano, condenó el alzamiento de las colonias españolas y los conminó “a la fidelidad y obediencia al rey Fernando VII”.

Al final quedó en evidencia que Dios apoyaba a los patriotas y no a la Iglesia: en toda América las colonias lograron, la mayoría de ellas a costa de mucha sangre, su independencia.

Periodista e historiador

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